Era domingo. María Magdalena había ido al sepulcro para ver dónde estaba el Señor. El viento soplaba en el cuerpo, y en el alma la tristeza. Por el camino iba recordando tiempos pasados: la multiplicación de los panes, el día que Jesús fue a pescar. ¡Qué días aquellos! —pensaba. Ahora todo había acabado y no había tiempo para la esperanza. El viernes, a las tres de la tarde, más o menos, Jesús había muerto en la cruz. Con Él habían muerto todas las ilusiones y murió sobre todo la alegría.
Siguió adelante y seguía recordando. Por el camino se detuvo a llorar amargamente. Alguien se le acercó para preguntarle:
—Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? —Era Jesús, pero ella no lo reconoció entre las lágrimas.
—Lloro porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto —dijo ella, pensando que hablaba con el jardinero que cultivaba aquel lugar.
Jesús la llamó por su nombre: ¡María!
Ella lo descubrió entonces y se fue, como loca de contenta, a decírselo a los discípulos.
ADAPTACIÓN DE JN 20,11-20