Yo era un nadador famoso. Ganaba medallas en todas las competiciones. Un día, unos compañeros me ofrecieron una pizca de droga. Yo no quería, pero, para no disgustarlos, la probé, más bien por curiosidad. No me daba cuenta de que estaba jugando con fuego.
En efecto, no tardé en engancharme. Me convertí en una caricatura de hombre: física y mentalmente. Mis padres notaban el cambio, pero no sé si por respeto o por miedo no me decían nada. Un día, en la cocina, vi a mi madre secarse unas lágrimas. Ella trató de disimular.
Las cosas fueron de mal en peor. Un día robé 10.000 €. La policía iba detrás de mí, pero mi familia tenía buena fama. Pensé en suicidarme. Agarré un bolígrafo y empecé a escribir:
"Queridos padres: lamento este mal paso. Sé que tendrán una gran decepción, pero no puedo más. No merezco ser su hijo. Los quiero. Adiós."
Tenía un miedo terrible y no me atrevía a coger la jeringuilla con el veneno mortal. Bebí dos litros de cerveza. No sé qué pasó por mi cabeza en ese momento. Lo cierto es que llamé al teléfono de la esperanza.
Una voz amiga me consoló y me animó a no ser cobarde. Me dijo que, en ese momento, cientos de personas rezaban por mí. No era mentira. Lo supe más tarde. Me animó a entrar en un grupo de desintoxicación.
Al principio no tenía mucha fe, pero poco a poco la luz se fue abriendo camino delante de mí. Empecé a leer el evangelio y, cuanto más lo leía, más mi corazón me ardía dentro.
Llegó un momento en que decidí seguir a Jesús más de cerca. Entonces entendí sus palabras: Entrad por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella (Mt 7, 13).
Yo fui de aquellos que entran por la puerta estrecha. Después Cristo me invitó a sentarme a su mesa.
Ahora doy clases de religión en una escuela cristiana y trabajo con un grupo de jóvenes de la parroquia.