San José, padre de nuestra familia espiritual

José se encontró con Dios en los ojos de María. Así supo que los sonrisas de los amigos tenían razón. Pero ella parecía transfigurada desde que quedó embarazada. No dijo nada, no le dijo nada. Quizás los que vendrían después en la historia no entenderían este silencio. Pero María sabía que no tenía que intervenir; que el encuentro entre Dios y José era tan misterioso que incluso su palabra inmaculada habría fragmentado el infinito.

Una angustia mortal apretó su corazón. Sin entender, su alma había comprendido. No sabía qué, no sabía cómo, pero de alguna manera, la salvación ya estaba a la puerta. Y esta puerta, Dios parecía quererlo así, debía ser abierta por los hombres.

Dios venía, pero quería recibir ayuda. Aunque José se consideraba el más pequeño de los servidores, era consciente de que debía dar una palabra, sabía que también se esperaba una respuesta. A pesar de esto, todos los caminos parecían cerrados. El misterio debía protegerse, pero ¿cómo?

Fue a la sinagoga y escuchó: El Señor mismo os dará una señal: la virgen que ha de concebir tendrá un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (Is 7, 14).

Tenía que ser así. De la tierra virgen Dios había querido crear al primer hombre, de una joven virgen daría a luz al Hombre nuevo.

Su encuentro con María no fue fácil. Dios, que pone a prueba a sus elegidos, quiso poner a José en un callejón sin salida, pidiéndole una salida. Y el justo, enamorado de la Ley y de María, encontró una salida de amor: se durmió. Y fue, mientras dormía como a los antiguos patriarcas, Dios le habló en sueños.

Pero fue tan diferente! Un rostro, un rostro de niño lo llamaba con su propio nombre: "Padre, no tengas miedo de tomar a la Madre: el fruto que ella ha concebido viene del Espíritu Santo." Te he elegido como padre. Serás padre a imagen y semejanza de Dios, pondrás mi nombre y forjarás mi alma.

José se despertó y hizo lo que el ángel le había mandado: llevó a casa a su esposa.

Cuando José, en la cueva de Belén, tomó en brazos al Niño Jesús, su corazón lo reconoció: sí, era aquel mismo de los sueños, era aquel que había descubierto en los ojos de María. Lo que nunca supo es que el Niño no se dio cuenta de su llegada a la tierra: cuando miró a José, le pareció ver el rostro del Padre del cielo.

ANTORCHA (CPN)