Era de Barcelona. Fue beneficiado de la parroquia de “Santa María del Pi” durante más de 40 años. Eso de ser beneficiado consiste en que un sacerdote adquiere ciertos oficios en una iglesia y procura desempeñarlos con esmero. Y así lo hizo. Asistía con devoción al rezo de las horas en el coro, pasaba muchas horas en el confesionario y daba clases particulares a los niños. O sea, un sacerdote sencillo pero ejemplar.
Era una persona culta. Fue doctor en teología y experto en lengua hebrea. Leía mucho a san Juan de la Cruz y predicaba más con el ejemplo que con su palabra, nada brillante. Pero se dice de él que hacía muchos milagros. Viajó a Roma para visitar el sepulcro de los apóstoles. Luego volvió a su puesto de siempre: administrar los bienes de la Iglesia, visitar las cárceles y los hospitales, atender a los enfermos como un enfermero más. Era austero; vivía en una buhardilla miserable; daba todo su dinero a los pobres; le daba vergüenza llevar un céntimo encima. Celebraba la misa como un ángel. Parecía un santo y lo era.