Nació cerca de Turín en Italia. Su familia era muy cristiana. Sus padres le pusieron muy pronto en manos de don Bosco. Este le enseñó con entusiasmo y claridad el camino de la santidad y Domingo se empeño en seguirlo como su maestro. La regla era muy sencilla: Servir a Dios con alegría. Era un aficionado la deporte y a la música. Tenía una voz estupenda; Pío XII le nombró patrono de los “Niños cantores” de todo el mundo. Para él, cada minuto era un tesoro que hay que aprovechar. A los compañeros les ayudaba siempre; se desvivía por ellos; no aguantaba una blasfemia de nadie.
Tenía una devoción entrañable a la Virgen. Cuando el papa Pío IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción (1854), Domingo Savio sintió una profunda alegría. Le gustaba ayudar las misas; hacía frecuentes visitas a Jesús sacramentado en la Iglesia. De repente se puso enfermo. Vivió su enfermedad como antesala del cielo. Cuando se estaba muriendo, dijo que veía a la Santísima Virgen que venía a recogerle. Tenía 15 años. Pío XII lo canonizó en 1954.